Todo empezó con una pregunta que no parábamos de escuchar.
"¿Por qué tengo cinco pares de fajas moldeadoras y ninguna funciona realmente?"
Las mujeres nos contaron la misma historia una y otra vez. El cajón lleno de errores costosos. Comprar una marca, luego otra, y otra más, con la esperanza de que esta vez fuera diferente. Fajas que se enrollaban al mediodía. Costuras que se notaban a través de todo. Una "comodidad" que se sentía como una tortura de compresión.
El verdadero problema no era solo el dinero desperdiciado. Era la energía perdida. La carga mental de vestirse volviéndose más pesada de lo que debería ser.